Hay libros que obligan a ir más despacio y eso en una editorial pequeña es un problema.
Calma total, de Charles Williams, no entró con facilidad. No por difícil ni por extraño y es que la realidad respondía a algo más incómodo: no se dejaba usar. No avanzaba al ritmo que necesitábamos. No existía para él un hueco claro del catálogo. Había que leerlo sin hacer otra cosa. Sin correos. Sin notas. Sin la sensación de que el tiempo se podía recuperar después. Y eso, en mitad de una programación, es una fricción real. Durante semanas intentamos forzarlo a una lectura funcional pero no se doblegaba. Cuanto más rápido intentábamos decidir, más se cerraba el texto.
El problema no era el libro, era la velocidad.

Ahí apareció la duda, ¿qué hacemos con un libro que nos obliga a cambiar el ritmo de trabajo? Porque editar también es esto —decidir desde qué velocidad se lee— y Calma total nos marcaba una velocidad que no era la nuestra. Nos dimos cuenta tarde. No era un problema de edición ni de calendario. Era un problema de lugar. Este libro no pedía entrar en el semestre. Pedía abrirlo. Eso implicó mover cosas pequeñas que, juntas, no lo eran tanto: cambiar el orden de lectura, detener una corrección que ya estaba en marcha, aplazar decisiones y hacer sitio, literalmente, en la mesa de trabajo y en la cabeza.

Hay libros que se editan afinando. Este hubo que editarlo restando velocidad. Y eso es incómodo porque la velocidad es una forma de control. Nos gusta pensar que decidimos rápido porque sabemos lo que hacemos. Este texto nos quitó esa coartada y por momentos pensamos en dejarlo pasar. No por falta de convicción, sino por exceso de fricción. Publicar un libro también es aceptar que te cambie el método.
Y no siempre apetece.

Lo que hizo que se quedara fue una intuición simple; si este libro nos obligaba a empezar de otra manera quizá era ahí donde el semestre tenía que empezar. No como gesto, sino como consecuencia. Por eso Calma total abre el año y no como novedad ni como bandera, sino como punto de partida.
Un libro que no se deja leer deprisa, indomable, obliga a que todo lo que viene después se lea de otro modo.