Mientras no estábamos

Llevábamos un tiempo sin pasarnos por aquí. No es que haya ocurrido nada grave, tampoco ha llamado nadie a la Policía, la web continúa operativa y, hasta donde sabemos, ningún lector ha pasado agosto refrescando compulsivamente el blog de Bunker Books a la espera de una nueva entrada… o quizás sí, quién sabe. Parece que existe una obligación bastante reciente de demostrar a todas horas que uno sigue vivo; las personas lo hacen fotografiando desayunos y las editoriales, que en el fondo somos bastante más inseguras que las personas, anunciando un libro que llegará dentro de seis meses, una cubierta que todavía puede cambiar, una reunión extraordinariamente productiva, una caja que acaba de llegar de imprenta. Si no hay nada nuevo siempre queda el aniversario del nacimiento o de la muerte de algún escritor que, ya puestos, tuvo la consideración de nacer y morirse.

Nosotros también lo hacemos, claro. No hemos alcanzado todavía esa forma superior de espiritualidad que consiste en tener redes sociales y no utilizarlas. Pero este verano hemos estado bastante callados y no fue una decisión. Ojalá. Las decisiones quedan estupendas cuando se explican a toro pasado. Decimos que necesitábamos tomar distancia, recuperar perspectiva, escuchar el silencio, y de pronto parece que nos hemos pasado julio contemplando un lago noruego en lugar de contestando correos con el aire acondicionado puesto.

Sucedió, sin más.

También es verdad que llegamos al verano algo cansados. En el arranque de año publicamos a Charles Williams, recuperamos a Monica Drake, recibimos a Burhan Sönmez, trajimos de visita a Philippe Claudel con un libro nuevo bajo el brazo. Entre medias, montamos ferias, organizamos presentaciones, desayunamos con libreros, pusimos en marcha un premio internacional para primeras novelas. Y discutimos con imprentas. Discutimos mucho con imprentas.

¿He mencionado las discusiones con imprentas?

No está mal para una editorial pequeña. Tampoco hace falta ponerse una medalla; las medallas ocupan espacio y luego hay que quitarles el polvo. Después llegó julio, luego agosto, y durante unas semanas hicimos algo bastante parecido a desaparecer que en realidad era seguir trabajando, solo que dejamos de contarlo.

Y no ha pasado nada. La Tierra sigue girando. Resulta un poco humillante, la verdad, porque a uno le gustaría pensar que su ausencia deja algún tipo de vacío. Una silla desocupada. Un camarero preguntando si esperamos a alguien más. Pero internet tiene una extraordinaria capacidad para superar el duelo: dejas de publicar y dos segundos después un señor al que no conoces está explicando por qué deberías tomar magnesio antes de acostarte.

Mientras tanto, los libros siguieron existiendo sin necesidad de que los fotografiáramos. Algunos lectores compraron alguno —varios, en realidad— y nos llegaron mensajes, correos. Enviamos paquetes. Cerramos cosas que llevaban meses abiertas y abrimos otras que probablemente tardaremos meses en cerrar.

Y ahora, septiembre a la vuelta de la esquina.

El día 2 llega a las librerías Gente sin presencia, el nuevo libro de Jente Posthuma. Una semana después llegará la propia Jente a España y empezará otra de esas sucesiones de encuentros, entrevistas, librerías, lectores y trenes que sobre el papel siempre parecen perfectamente razonables… sobre el papel siempre caben muchas cosas.

Después vendrán más libros. En octubre publicaremos Las tres muertes de Jota Briones, de Eduardo Varas C., y en noviembre regresará James Leo Herlihy con Todos cayeron, para cerrar esa edición especial que nos hemos currado con sus tres novelas. Entre uno y otro habrá ferias, manuscritos, traducciones, derechos, algún viaje y las inevitables cosas que todavía no sabemos que van a salir mal… porque si pueden salir mal, lo harán.

También estamos preparando ya los libros del año que viene, que es una de las rarezas de este oficio: mientras intentas convencer a alguien de que preste atención al libro que publicas el martes, una parte de tu cabeza está ocupada por otro que aparecerá dentro de ocho meses, y otra por uno que quizá publiques dentro de dos años. Al final terminamos viviendo en demasiados calendarios a la vez.

Así que volvemos. No porque agosto haya terminado —todavía no ha tenido esa consideración— ni porque hayamos descubierto una nueva estrategia de comunicación que nos obligue a escribir cada quince días a las diez de la mañana. Volvemos porque empiezan a acumularse cosas que nos apetece contar.

Y porque dentro de unos días habrá un libro nuevo encima de la mesa. Después otro. Y luego ya veremos.