El catálogo de Bunker Books tiembla con su última incorporación. La primera recopilación de cuentos de Monica Drake se llama La locura de amar la vida y nos traslada a una ciudad que era brutal y hermosa, pero que se ha convertido en una mercancía: Portland. Se trata de una colección de historias enlazadas que captura el sentimiento de vivir mucho tiempo y ver pasar esos años en un abrir y cerrar de ojos. Con el humor como punta de lanza, las historias se adentran en la vida de personajes imperfectos y vulnerables a la par que resilientes y extremadamente humanos.

Hemos hablado con la autora para conocer de dónde nacen historias tan crudas y personajes tan fascinantes, tanto para bien como para mal. No nos extraña lo más mínimo que Monica inspirase el personaje de Marla en El club de la lucha de Chuck Palahniuk, uno de los personajes femeninos más rompedores y mordaces de la literatura reciente.

La locura de amar la vida se desarrolla en Portland, donde vives. Puede que en España tengamos una imagen idealizada y probablemente poco realista de Portland. ¿Qué debe saber el lector sobre Portland para tener una idea más precisa y contextualizar mejor tus historias?

¡Ajá! En Portland, a menudo también tenemos una imagen idealizada y poco realista de nuestra ciudad. En realidad, es un lugar genial y vibrante, con excelentes librerías, arte y comunidad, rico en ideas, siempre luchando por un cambio social positivo. Somos un lugar de rosquillas y cerveza, Utilikilts (tipo de falda para hombre) y brujas en tablas de remo, flores de cerezo en primavera y protestas masivas, con personas dispuestas a enfrentarse a los federales en nombre de los derechos humanos. Oregón ha estado durante mucho tiempo a la vanguardia del cambio en cuestiones como el reciclaje, la legislación de la eutanasia o la despenalización de varias drogas.

Un estado progresista…

Todo el pensamiento progresista, aparentemente liberal, es solo una parte del panorama. Inicialmente, Oregón fue el único estado de los Estados Unidos que se proclamó a sí mismo como «solo para blancos». ¡La constitución del estado prohibió a los negros! No se puede ser más abiertamente racista. Oregón, como estado, se basa en el racismo explícito, además de tener una historia de masacre y degradación de pueblos indígenas, en una dominación racista y colonizadora. Naturalmente, Oregón participó también en el internamiento de familias japonesas durante la Segunda Guerra Mundial, y más tarde, durante bastante tiempo, pretendió fingir que aquello no sucedió.

«Oregón se basa en el racismo explícito, además de tener una historia de masacre y degradación de pueblos indígenas, en una dominación racista y colonizadora».

Algunas de las familias más ricas de la región prosperaron con la explotación forestal, talando los bosques que ahora afirmamos honrar, bosques que atraen el turismo. Las tensiones entre el colonialismo, la toma de poder, las guerras de la madera, el control de los recursos y la desigualdad basada en la raza nunca han desaparecido. Siempre hemos tenido la versión moderna del KKK llegando a la ciudad, con un nombre u otro, y siempre hemos tenido a quienes están dispuestos a defender la igualdad, la equidad y los derechos humanos.

Portland no parece haber salido indemne de los procesos de gentrificación que afectan a otras grandes ciudades como Nueva York o San Francisco.

Actualmente, lamento decir que Portland se ha vuelto casi inhabitable para muchos, el costo de vida excede la oferta de empleo disponible. Cuando era fácil vivir aquí, lo hacíamos con menos expectativas, en casas destartaladas. En invierno, grapábamos plástico sobre las ventanas para protegernos del frío. Ahora esas casas valen millones de dólares. Siempre he conocido Portland como un lugar de ideas y conversaciones en conflicto, una ciudad racista, un lugar trepidante, de excesos y tráfico de drogas, creativo y de clase trabajadora, con vidas arraigadas en tugurios y bosques húmedos. Ahora, la maquinaria de la gentrificación ha embellecido grandes extensiones de suelo, aumentando el costo de la vivienda, pero muchas de estas zonas conviven con hileras de tiendas de campaña de quienes no tienen dónde vivir. La tensión entre la belleza y el daño está muy marcada.

En algunas de tus historias escribes sobre personajes que batallan con su salud mental. ¿A qué responde esta relevancia de la salud mental como tema recurrente?

Yo irrumpí en una época de punk rock, una escena creativa, más ociosa, precaria, sacudida por el alcohol, una época de grunge antes del grunge. A decir verdad, en esa multitud, a veces puede ser difícil distinguir la diferencia entre creatividad salvaje y erosión del bienestar psicológico. Abundaba amor, arte e ideas, pero a veces la vida se derrumbaba. A día de hoy, todavía agradezco una comunidad permisiva, aunque algunas personas se hunden por las grietas de su libertad. Pienso en esas personas. He amado a muchas de esas personas.

«A veces puede ser difícil distinguir la diferencia entre creatividad salvaje y erosión del bienestar psicológico».

Idealmente, me gustaría ver crecer el mundo de un modo más amable y complaciente, en sintonía con nuestra humanidad, con objetivos y sistemas humanitarios en lugar de capitalistas. Escucho, pienso sobre la lucha humana y una sucesión de posibles verdades.

En tus historias se respira cierto aire de precariedad. Tus personajes a menudo no tienen una forma de vida convencional. ¿Qué te atrae de este tipo de personajes?

Esa es mi gente.

Otra característica común de tus historias es el humor. ¿De dónde viene tu agudo sentido del humor?

¿Quién sabe? Tal vez de la supervivencia y el amor por el mundo. La gente es complicada, interesante y conflictiva. A veces, todo lo que una persona puede hacer es reírse de lo absurdo.

¿Hay algún elemento autobiográfico presente en tus historias o que pueda haberlas inspirado?

Utilizo una gran cantidad de elementos autobiográficos, aunque si dijera que mi ficción es «real», tendría que decir que también está ligada a la ficción. Hace ya mucho tiempo, trabajé como payaso y esa es la base de mi primera novela, Payasa. En mi segunda novela, tengo alrededor de siete personajes principales y es posible que cada uno de ellos esté basado en mis propias experiencias, aunque sean hombres y mujeres, adolescentes y adultos o personajes dispares. A veces solo hay un principio de verdad. En otras obras, algunos personajes provienen de personas que he conocido.

Fuiste madre por primera vez a los 39 años y perteneces a esa generación de mujeres que no necesitan la maternidad para reafirmar su identidad. ¿En qué se refleja la maternidad en tus historias?

Mi segundo libro, Amigas con hijos, trata sobre esos sentimientos encontrados de pánico y amor al traer a un nuevo humano a vivir en un planeta potencialmente moribundo, con esperanza, felicidad y cierta angustia. Necesitamos cuidar nuestros ecosistemas o dejar de tener hijos. Yo intento hacerlo lo mejor posible. Algo de eso asoma en mi obra.

Tu forma de escribir ha sido comparada con la de Chuck Palahniuk. ¿Cómo te hace sentir algo así?

Chuck y yo nos conocimos a principios de los noventa en un taller de escritores dirigido por el autor Tom Spanbauer. Entonces, ninguno de los dos había publicado nada. Chuck estaba trabajando en Freightliner, una empresa de camiones, escribiendo manuales de instrucciones. Yo tuve varios trabajos. Ambos escribíamos cuentos y, a veces, en nuestro tiempo libre, novelas. Una vez a la semana nos reuníamos en el taller de Tom y leíamos nuestro trabajo en voz alta al grupo. Una vez terminado el taller, Tom apagaba las luces. Encendía velas en su gran mesa y abría una botella de vino, un paquete de cervezas, lo que hubiese. A veces liaba un porro. Apurábamos hasta bien entrada la noche. La parte del taller dedicada a la escritura era seria y las ganas que poníamos para quedarnos después del taller eran igual de auténticas.

Esto va más allá de lo literario…

Una noche, hace mucho tiempo, estaba en la librería Powell echando un vistazo a una mesa de libros en oferta. Oí a alguien hablar en voz alta. Decía cosas extrañas, frases insólitas, que me resultaban familiares… y me di cuenta de que estaba escuchando mis propias palabras, textos de una historia, en voz alta, de vuelta a mí, en público. Miré hacia arriba y era Chuck con un amigo. Había recordado mi trabajo del taller lo suficiente como para relatarlo. Estaba alucinada y muy agradecida. En ese momento, sentí que mis palabras importaban. Alguien me estaba escuchando y, aún mejor, riéndose conmigo, de mi extravagante trabajo anterior. Estoy agradecida de conocer a Chuck, quien, dicho sea de paso, tiene una memoria increíble. Soy consciente de que, como escritor, es célebre. Yo soy relativamente desconocida.

«Estoy agradecida de conocer a Chuck [Palahniuk]. Soy consciente de que, como escritor, es célebre».

A veces la gente tiene la idea de que yo era su alumna. Diría que, en nuestro taller, siempre en desarrollo e igualitario, todos éramos iguales, el grupo al completo, de cinco, seis o más personas. Chuck llegó como alguien que trabajaba para ser escritor. Tal y como hicimos todos. Su trabajo y el mío son muy distintos, tenemos nuestras propias peculiaridades y visiones, pero conversamos desde nuestros comienzos y lo aprecio infinitamente.

¿Quiénes son tus principales influencias literarias?

¡Tantísimos! Escribir es siempre una conversación en curso y todos los libros y autores están en ella. Pero hay algunos escritores que están más cerca de mi corazón y espíritu, y son a los que recurro cuando quiero leer aquello que hace que mi corazón vibre. Tom Spanbauer es uno de ellos, por supuesto. Y Chuck también, como persona y como autor. Tom nos descubrió el trabajo de Amy Hempel, quien crea un sueño vívido, cómico y hermoso con cada una de sus concisas y evocadoras frases. Antes de conocer a Tom, había leído a Raymond Carver, porque eran finales de los ochenta, yo era joven y Carver era de la zona, nacido en una ciudad no lejos de Portland, en el mismo edificio donde había nacido mi tío y donde mi abuela guardó cama tras dar a luz a su hijo. Lo sentía como si fuera de la familia, en cierto modo, tanto por su contenido como por su vida.

«Algunos libros son tan buenos que apenas puedo sobrellevar su lectura porque mi felicidad se desboca».

Lidia Yuknavitch me inspira, como amiga, como genio, como escritora. Últimamente he estado leyendo a Melissa Febos. Leí a Joy Harjo por su amplitud de miras y su larga e importante trayectoria, qué buena es. Me fascinan las frases de Terese Marie Mailhot y espero con ansias una nueva colección de poesía de Jessica Mehta, que se publicará el año que viene. Algunos libros son tan buenos que apenas puedo sobrellevar su lectura porque mi felicidad se desboca.