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No es para todo el mundo

Hay libros que se leen solos. Que avanzan sin resistencia. Que se dejan terminar. No son esos los que publicamos, y no porque haya algo malo en ellos; sencillamente, no es ahí donde trabajamos. Con el tiempo nos hemos dado cuenta de que editar también consiste en aceptar una evidencia incómoda: no todos los libros quieren lo mismo del lector. Algunos piden compañía. Otros piden comprensión. Otros, simplemente, entretenimiento.

Los que nos interesan suelen pedir otra cosa: tiempo, atención, una cierta renuncia a la comodidad.

Piden que el lector no avance deprisa y no busque confirmarse. Que tolere no entender del todo durante muchas páginas y soporte la fricción de una voz que no se explica a la primera. Que acepte que a veces leer no es asentir, sino dudar. No es una forma especialmente agradecida de leer y puede que tampoco demasiado eficiente.

Pero es la única que nos importa.

A menudo, cuando hablamos de un manuscrito, no discutimos si funciona o si engancha. Hablamos de si obliga a bajar el ritmo, si descoloca, si incomoda lo suficiente como para que el lector tenga que recolocarse… Y si la lectura fluye demasiado bien, sospechamos.

No buscamos libros que gusten enseguida. Buscamos libros que permanezcan, incluso a costa de exigir más de quien los lee, y eso implica aceptar algo que no siempre se dice en voz alta: quizá nuestro catálogo no sea para todo el mundo.

Y está bien que así sea, porque preferimos un lector que llegue despacio y se quede, a muchos que pasen como de puntillas sin rozarse con nada, y es que editar, al final, también es decidir qué tipo de experiencia de lectura queremos sostener.

Y asumir las consecuencias.